Paseo por Valsequillo

Casi todos los pueblos tiene algún rasgo espacial que los caracteriza y, a la vez, los distingue de otros. En ocasiones cuando visitamos un determinado lugar, inconscientemente se nos graba algún detalle que, pasado mucho tiempo, irá asociado a la imagen global que guardamos en nuestra memoria de aquel sitio. Pues bien, el viajero cuando se adentra en Valsequillo la atmósfera que respira es de cierto sabor a posguerra, a lágrimas muy lejanas, a pólvora sepultada, a casas reconstruidas y a ceniza.

Entrando por el norte, Valsequillo se encuentra sumergido en un lago de niebla. La escarcha endulza la tristeza del paisaje: como un bellísimo animal de nata, posada está sobre la hierba y los arbustos. Rozando ya el casco urbano, el viajero es recibido por una formidable procesión de eucaliptos, alineados a ambos lados de la carretera. Una densa neblina envuelve los cercados, la ruinosa fachada de una vieja estación del ferrocarril que yace herida y sangra olvido, abandono y amargura. Un pequeño rebaño de ovejas descansa, guareciéndose del frío, junto a una valla cenizosa que rodea el polideportivo.

Avenida de Fátima es la primera calle del pueblo, entrando por el norte, que se alarga como un lánguido arroyuelo, con las casas alineadas al lado izquierdo de la carretera, y, tras cruzar un modesto puente, se une a la Plaza Familia Capilla Franco. Esta última, situada a la derecha del asfalto, pronuncia un amplio ensanche, adornado por un correcto jardín en el que crecen pequeños rosales y altas acacias junto a unos jóvenes abetos y cipreses. Dos hileras de verdes bancos se extienden sobre el amarillento pasillo derramado entre ambos lados del jardín, y acompañan, en el centro de la plaza, a un pequeño y curioso obelisco de granito. Desde el plácido ensanche, en dirección oeste, se abren dos húmedos callejones que se diluyen, muy pronto, sobre el campo.

Dejando atrás la Plaza de la Democracia, el viajero se interna en la calle Mesones. Ante sus ojos se abre una hermosa perspectiva: el campanario de la iglesia brotando limpio, de un modo grácil, entre blancas chimeneas y tejados. Caminando unos pasos, se abre una solitaria plazuela; dentro de ella hay una triangular jardincillo, en cuyo centro se alzó durante muchos un gigantesco sauce, que cayó fulminado por la furia de un reciente rayo.

La plazuela comunica, hacia el sur, con un jardín: acacias, cipreses y abetos, dando al lugar una imagen de frágil campo santo. Contrasta, muy favorablemente, con la anterior visión, la luminosa y atractiva imagen que dejan al frente, apenas a unos metros de distancia del jardín, los primeros edificios de la calle de Huelva. Modernos, funcionales y bien blanqueados. La calle Huelva enlaza con la de Málaga, y ésta, a su vez, hace lo mismo con la de Sevilla, conformando las tres una hermosa manzana de edificios donde la luz, la armonía y la belleza nidifican.

Desde una esquina de la calle Sevilla el viajero contempla, nuevamente –ahora, desde más cerca-, el hermoso campanario de la parroquia, veteado de azul, adornado en su cumbre por un desaliñado nido de cigüeña y una aguja de hierro. De la calle Sevilla parte la de Juan Bernier Luque, y en esta última nace la calle Virgen de la Cabeza: corta y amable, conjugada por pequeñas casitas y corrales. Mirando hacia el norte, en el número 5 del lado izquierdo, existe una casa con un patio atractivo que rompe curiosamente, la monótona blancura de la calle: aspidistras y helechos, esparragueras, gitanillas y un espesísimo y fresco emparrado de yedra, invitan a disfrutar reducido y vegetal paisaje, rematado al fondo por una blanquísima pared. Finalizando la calle Virgen de la Cabeza.

En la parte del sur de Valsequillo se halla el cuartel de la Guardia Civil: espacioso y monumental, de hermosa fachada. Cerca de este edificio se extiende el barrio que fue construido, durante la posguerra, por Regiones Devastadas. Julio Romero de Torres, Cervantes y Santa Rita son calles que guardan idéntica arquitectura en la construcción de sus casas.Tomando la de Santa Rita, el viajero se adentra en la Plaza de la Constitución. En ella se ubican el Ayuntamiento y la iglesia: ambos edificios se encuentran unidos, prolongados en un brazo silencioso. Dentro de la Plaza, un manojo de palmeras graban un aliento de paz, de reciedumbre. Sobre el humilde campanario, azulón y exótico, cotorrean las cigüeñas, anunciando la primavera que se avecina.

El viajero aligera el paso e intenta guarecerse del frío, internándose bajo los soportales del Ayuntamiento. Después entra en el edificio. Mientras sube la escalera va sintiéndose transportado hacia otra época que él, afortunadamente, no conoció: años de la posguerra. Saliendo de la casa consistorial toma la calle Córdoba, en dirección sudoeste. A la derecha observa una recoleta plazuela, en cuyo corazón tiembla una amarilla mimosa.